El arte de no soltar la ubre: Ricardo Astudillo y el camaleonismo queretano

​En el selecto club de la supervivencia política, pocos ostentan una maestría tan depurada en Querétaro como Ricardo Astudillo Suárez. Con más de dos décadas al frente del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) en el estado —convertido más en una franquicia personal que en un instituto político con causa medioambiental—, Astudillo ha demostrado que las ideologías son mero trámite cuando lo que está en juego es la nómina pública.

​Su trayectoria es el manual perfecto de la conveniencia. Durante los años de bonanza del priismo, el dirigente verde caminó abrazado a las banderas del tricolor, pacto que le rindió suculentos frutos: una regiduría en Corregidora, diputaciones locales y una curul federal. Sin embargo, en cuanto el barco del PRI comenzó a hundirse y el viento del poder cambió de rumbo, la convicción “ecologista” mutó sin sobresaltos ni empacho moral hacia el tono guinda.

​Hoy, la imagen de Astudillo levantando el puño arropado por la retórica de Morena y proclamando que “La transformación la consolidamos juntos” representa la cúspide del pragmatismo de conveniencia. Para la Cuarta Transformación en Querétaro, sumar al PVEM ha significado abrirle la puerta al oportunismo clásico que juraron combatir; para Astudillo, ha sido la tabla de salvación perfecta para saltar directamente a la LXVI Legislatura federal y mantener la franquicia verde con oxígeno garantizado.

​Al final, la fórmula de Astudillo es simple pero efectiva: cambiar de aliado cuantas veces sea necesario para que absolutamente nada cambie en la dirigencia de su partido. En Querétaro, las tucanes cambian de pluma y de discurso, pero el del micrófono sigue siendo, incuestionablemente, el mismo.

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