¿ESTAMOS PREPARÁNDONOS PARA LA POSIBLE SIGUIENTE CATÁSTROFE: EL CAMBIO CLIMÁTICO?

Por  Eduardo ROLDÁN. Internacionalista, académico, analista político y escritor

En relación al medioambiente resulta indispensable el cabal cumplimiento del  Acuerdo de París de  2015.  El cambio climático es un realidad lacerante. El fenómeno permafrost debe tomarse en serio. Los polos se derriten por el exceso de calor provocado por el cambio climático  y esto puede ayudar a generar a que aparezcan cadáveres de animales muertos hace miles de años y ello traerá nuevas enfermedades, virus y bacterias hasta hoy desconocidas para el ser humano. Si Groenlandia se derrite el nivel del mar  aumentará 7 m. Si la Antártida  se derrite el nivel del mar subirá 60 m. en el 2117. Es claro que somos corresponsables de estos hechos ante las nuevas generaciones.

¿Estamos preparándonos para la posible siguiente catástrofe que es el cambio climático? La rotunda respuesta de un gran intelectual reconocido a nivel mundial como lo es Jaques Attali es ¡No!. En los últimos 20 años el número de desastres se ha duplicado y el 90% de ellos están relacionados con el cambio climático. El informe anual de la ONU intitulado  ‘El Costo Humano de los Desastres 2000-2019” registra igualmente un incremento en todas las categorías de desastres: sequías, incendios forestales y temperaturas extremas, inundaciones,  tormentas, terremotos y tsunamis. El grueso de ellos acelerados o provocados por el cambio  climático. Entre 2000 y 2019 hubo 7,348 grandes desastres registrados, que causaron la muerte de 1.23 millones de personas y afectaron a 4.2 mil millones de personas y generaron una pérdida económica mundial de 2.97 billones de dólares.  Estos son hechos fehacientes, en consecuencia el mundo tiene que actuar  al respecto y sin dilación. Por otra parte, es importante  destacar que “la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible
ya implicaba antes de esta crisis una oportunidad innegable de transformación positiva para la humanidad”. Ahora la vuelve imprescindible para la supervivencia del ser humano. En este sentido es incontestable fortalecer las organizaciones internacionales involucradas en el control y prevención del cambio  climático que cuenten con la opinión de los expertos que diseñen protocolos y seleccionen las herramientas necesarias para tal fin.

Es impostegable la ordenación futura del territorio urbano e industrial para garantizar su sostenibilidad y reducir la vulnerabilidad de la actual super concentración  que se está generando en todas partes de nuestro planeta. En este  sentido es ostensible perseverar en “conseguir las metas y los objetivos de Desarrollo Sostenible ya que es el único camino solidario para que se puedan resolver o al menos mejorar, la pobreza, la salud, los servicios esenciales, la rehabilitación de las urbes, de los   centros industriales existentes y los efectos del cambio climático. Así como imponer nuevos impuestos verdes a las actividades y empresas contaminantes. Todo ello es una razón de Estado y debiera ejecutarse en el futuro inmediato.

En un análisis hecho por Mariano  Serván oberva  que:   “La eficacia del aislamiento en sus etapas más rígidas, disminuyó ciertos niveles de contaminación ambiental, alentando cierto romanticismo en torno la evolución inevitable hacia un mundo más ecológico y limpio”.  Pero un vez que empezó a darse la reincorporación al trabajo presencial e híbrido los grados altos de contaminación volvieron prácticamente  a sus niveles ante pandemia. Sin duda, “la prioridad será la recuperación de actividad industrial y se privilegiará la creación de empleo, serán estrategias agresivas al menor costo posible. Sin embargo, aún así, surge una oportunidad para medir la incidencia de la pandemia en términos del cambio climático, con el propósito de impulsar políticas medioambientales más sustentables”.  Ahora queda claro que la pandemia llegó para recordarnos la fragilidad humana, la interconexión del ser humano en un todo global y demostrarnos que es necesario “establecer una reconexión con la naturaleza, con nosotros mismos y con nuestros semejantes” a nivel mundial.

Además, hay  que enfatizar  que “la pandemia dejó en evidencia la crisis del agua, en una nueva dimensión. La insuficiente cantidad de agua para lavarse las manos empeoró el contagio del coronavirus en las naciones más pobres, o con deficiencias en materia de distribución del ingreso, en África, Asia y Latinoamérica. Hay una desigualdad manifiesta creada por el acceso limitado e impredecible al agua limpia. Ésta está fuera del alcance de millones de personas que viven sin acceso sostenible al agua limpia, revela el vínculo crítico entre el agua y la salud pública”. Para el 2030, el crecimiento demográfico global generará una enorme tensión en torno al suministro de agua. Ésto debido a la contaminación, a las desigualdades  territoriales, a la sobreexplotación, a la privatización de los  recursos hídricos, a la  gestión deficiente, a quien la  tiene y no la valora.  De  ahí que deberá ser una prioridad para los Estados y los Organismos Internacionales pertinentes analizar dicho problema, proponer acciones técnicas concretas para  resolver  el problema del agua a nivel mundial. Pues de no atenderse en el corto plazo la  escasez del agua generará guerras  del agua a niveles de territorios nacionales o internacionales.

En síntesis, esos son algunos de los desafíos para el resto del siglo XXI. La crisis del COVID-19 es un efecto, no la causa de nuestros males. Reitero, el COVID-19 es una amenaza para la paz mundial.  En lo económico hizo que la economía  del mundo cayera  un 4.5% en 2020. Sin lugar a duda el 2020 pasará a la historia como un año caracterizado por el cambio y la incertidumbre.  Hay una crisis sistémica y multidimensional. Es económica, política, social, ideológica, cultural, sanitaria y medioambiental. En consecuencia la  respuesta  debe ser integral  y multidimensional.

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